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Óscar Puente, el auditor ciego

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 21 jun
  • 2 Min. de lectura

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Óscar Puente quiso vendernos una auditoría “exhaustiva” sobre la etapa de José Luis Ábalos al frente de Transportes. Pero la realidad ha acabado golpeando como un mazo: la verdadera auditoría no la hizo él, la ha hecho la UCO. Y mientras el ministro decía que no había “nada extraño”, la Guardia Civil pedía la imputación de Isabel Pardo de Vera, expresidenta de ADIF, y de Javier Herrero, exdirector general de Carreteras.


¿Cómo se explica que la UCO encuentre indicios sólidos de amaños y sobornos en adjudicaciones públicas, y Puente no detecte absolutamente nada? ¿Auditoría o encubrimiento?


La respuesta está en la actitud. Óscar Puente actuó más como abogado defensor de sus compañeros que como servidor público. Lanzó frases teatrales en el Senado, desvió la atención con ironías y se blindó tras una auditoría que nunca tuvo intención de llegar al fondo del asunto.


Y ahora, cuando los hechos ya no se pueden tapar, ha optado por lo más cómodo: desaparecer. El que era el “bulldog” de Pedro Sánchez se ha vuelto un ministro agazapado, ausente, escondido mientras estallan escándalos que salpican directamente a las estructuras que heredó.


La diferencia entre la auditoría de Puente y la de la UCO no es técnica: es de voluntad. Una quiso cerrar el caso en falso; la otra está sacando la verdad a la luz.


Y esa verdad es incómoda. Porque demuestra que, mientras Puente se creía el más listo de la clase, la corrupción seguía viva bajo sus narices. Y hoy, su silencio es más elocuente que cualquier auditoría amañada.


Si no sabía, es incompetente. Si sabía, es cómplice. Y en ambos casos, España y los ciudadanos merecen mucho más.


Miguel Ángel Arranz

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