La nacionalización masiva, ¿solidaridad o ingeniería electoral?”
- Miguel Ángel Arranz Molins
- hace 3 días
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Hay decisiones políticas que no se anuncian con fanfarria, sino con silencios. Y esta es una de ellas. Mientras la mayoría del país intenta llegar a fin de mes, mientras la sanidad se desangra en listas de espera y los jóvenes hacen malabares con sueldos indignos y alquileres imposibles, el Gobierno prepara una nacionalización masiva de inmigrantes que podría aumentar el electorado un 6% antes de las próximas elecciones. Y no, que nadie intente vestir esto de humanidad o solidaridad. Esto no es política social. Esto es política electoral.
La jugada es grotesca en su sutileza: si el votante español ya no se deja manipular con eslóganes, si empieza a ver la realidad y no el decorado, si empieza a cansarse de discursos que no pagan la luz ni arreglan la economía, entonces la solución es sencilla: cambiar al votante. No convencer: sustituir. Es el sueño húmedo de cualquier gobierno que teme perder su sillón.
Y funciona, porque no hay nada más útil para el gobernante que un ciudadano recién llegado: agradecido, dependiente de ayudas, emocionalmente sensible al “te di papeles, ahora dame tu voto”. No es nuevo. La izquierda lleva décadas jugando a esto. La diferencia ahora es la escala. Antes era táctico. Ahora es estructural. Ahora es supervivencia.
Porque Sánchez lo sabe: ya no conquista votos con ideas —porque no hay proyecto— sino con identidades. No crea ciudadanos, crea electores. Y mientras tanto, el español de siempre, el que ha cotizado, trabajado, criado, pagado y sostenido el país, empieza a sentirse extranjero en su propio futuro político.
A esto lo llamarán progreso. Lo envolverán en discursos sobre derechos, convivencia, diversidad y justicia social. Y cualquiera que señale la evidencia será señalado como radical, xenófobo o peligroso. Otra táctica vieja: no debates el argumento, destruye al que lo formula.
Lo cierto es que la izquierda española ya no compite en ideas, compite en demografía. Porque a un país se le puede manipular, pero a un electorado recién creado se le puede programar.
Y mientras ellos celebran la llegada del “nuevo votante”, nadie se atreve a pronunciar la pregunta que flota, incómoda, como una verdad censurada:
¿Qué queda de una democracia cuando el Gobierno decide quién debe votar para seguir gobernando?
La respuesta no hará falta escribirla. La veremos. La viviremos.
Y algunos —los que hoy aplauden— serán los primeros en lamentarlo.
Porque cuando se manipula el electorado, el país deja de elegir.
Y pasa a obedecer.
Miguel Ángel Arranz



