¿Y dónde está la armada de la república imaginaria?
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 1 oct
- 2 Min. de lectura

Qué bonito, qué emocionante, qué épico: ver ondear al viento una bandera inventada, un trapo de diseño casero que pretende convertirse en enseña nacional. Una flotilla rumbo a Gaza que, por supuesto, no iza la bandera de España —esa que tanto odian y desprecian—, sino la de una república que no existe más allá de los sueños húmedos de algunos iluminados.
La pregunta es inmediata, lógica y necesaria: ¿y dónde está la armada de esa república? ¿Dónde está el buque insignia, el destructor, la fragata o, por lo menos, el barquito de papel de esa patria imaginaria? Porque, claro, levantar la banderita en aguas internacionales está muy bien para la foto y el postureo, pero cuando la cosa se ponga seria, cuando Israel decida que esa flotilla no pasa, ¿quién va a salir a protegerles? ¿La escuadra invisible? ¿El portaaviones fantasma? ¿O acaso la caballería unicornio de la república catalana libre e independiente?
Supongo que estarán ansiosos. Supongo que cada noche mirarán al horizonte esperando que aparezca un barco con esa bandera amarilla y roja, con su estrellita revolucionaria, dispuesto a plantar cara a la marina israelí. Spoiler: no va a llegar. Y no va a llegar porque ese país no existe. Porque esa república no es más que un invento, un cuento, un delirio de sobremesa regado con cava barato.
Lo curioso es que sí tienen claro a qué bandera no quieren ver ni en pintura: la española. Esa que desprecian, esa que ocultan, esa que queman en las plazas y de la que reniegan con la boca llena. Esa bandera, la única que realmente podría darles protección legal en alta mar, la única que les reconoce derechos en el ámbito internacional, la única que podría, llegado el caso, mover algo en su defensa. Pero no, mejor esperar al buque fantasma de la república inventada.
Lo más patético de todo es que esta pantomima no va de ayuda humanitaria, no va de Gaza, no va de Palestina ni de derechos humanos. Va, como siempre, de postureo político, de “mirad qué valientes somos que desafiamos al mundo con una bandera que no existe”. Puro teatro, puro autoengaño.
La escena final la imagino así: cuando los israelíes intercepten la flotilla, los tripulantes ondearán nerviosos su bandera mágica esperando que aparezca el barco protector de su república soñada. Mirarán al horizonte, al radar, a las estrellas. Esperarán un milagro. Y descubrirán, una vez más, que la única armada que existe es la del país al que tanto odian. Esa es la realidad. Todo lo demás, fantasía infantil.
Miguel Ángel Arranz



