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Esto era ser progresista

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 10 sept
  • 2 Min. de lectura

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Lo que está haciendo este gobierno con su política de prohibiciones es, sencillamente, de manual. A este gobierno todo le vale para prohibir, pero solo cuando le interesa. No porque haya una convicción real detrás, no porque haya una coherencia política o un proyecto social de fondo, sino porque prohibir vende y, sobre todo, prohibir recauda.


Veamos la incongruencia: ahora prohíben que en las terrazas de los bares haya marcas de cerveza o de alcohol en mesas y sombrillas. Pero, ¿qué se vende en los bares? Alcohol. Es de traca. Prohíben el logo, pero no la venta. Eso sí, mientras el cliente paga su caña, Hacienda mete la mano en cada euro que sale de la barra.


Después dan otro paso: prohíben fumar en las terrazas. Bien, perfecto, uno podría pensar que es una medida de salud pública coherente. Pero entras en el bar… y te encuentras con una máquina de tabaco presidiendo la entrada. Máquinas legales, con licencia, que dejan beneficios… ¿adivinen para quién? Para el Estado.


Y seguimos. Limitan las salas de juego cerca de colegios y zonas infantiles. Pero uno entra en cualquier bar a merendar con sus hijos y, al lado de la máquina de tabaco, ahí está la tragaperras brillando. No se toca. No se retira. Porque da dinero. Como también da dinero la lotería nacional, las quinielas, los rascas y las apuestas deportivas… todo gestionado por el mismísimo Estado.


El gobierno nos quiere vender la idea de que se preocupa por nosotros. Que vela por nuestra salud. Que nos cuida. El Padre Estado que tutela nuestras decisiones, que nos dice qué podemos y no podemos hacer, pero que no renuncia a ni un solo céntimo de lo que le generan el tabaco, el alcohol y el juego. Esa es la gran hipocresía. No es protegernos, es prohibir mientras recauda.


No se atreven con lo que realmente deberían hacer si fueran coherentes: acabar con la venta de tabaco. Acabar con la venta de alcohol. Acabar con las tragaperras en los bares. Pero eso no lo harán nunca. Porque de ahí viene parte del dinero que mantiene este sistema. Y mientras tanto, nos entretienen con medidas cosméticas, titulares llamativos y campañas moralistas.


Lo que hay detrás de todo esto es control. Controlar el mensaje. Controlar nuestra percepción. Controlar nuestros hábitos. Controlar nuestra libertad. Y, de paso, seguir exprimiendo hasta el último céntimo de los impuestos que pagamos en cada paquete de tabaco, en cada caña y en cada apuesta.


Esto, señores, era ser progresista: prohibir todo lo que molesta… menos lo que da dinero.


Miguel Ángel Arranz

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