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Pedro Sánchez, Israel y la enésima cortina de humo

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 9 sept
  • 2 Min. de lectura

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El gobierno de Pedro Sánchez ha vuelto a mover ficha en política internacional, esta vez con un posicionamiento estridente respecto a las medidas contra Israel. Vaya por delante una cosa: la actuación de Israel contra el pueblo palestino ha sobrepasado todos los límites de lo aceptable. La ofensiva israelí ha cruzado líneas rojas y lo que inicialmente se vendió como legítima defensa se ha transformado en una masacre sin precedentes que ha perdido todo respaldo internacional. Hasta ahí, no hay discusión posible.


Pero una cosa es denunciar los abusos de Israel y otra muy distinta es pretender que España, en solitario, va a cambiar el rumbo de un conflicto internacional. Pedro Sánchez lo sabe, o al menos debería saberlo: las relaciones internacionales se mueven por bloques, no por decisiones aisladas. Lo estamos viendo con Ucrania, donde las sanciones, los vetos y las presiones diplomáticas solo funcionan cuando hay una estrategia común entre países. Y España, con su maniobra, no hace más que agitar un poco de ruido interno mientras en lo internacional apenas genera impacto real.


Aquí es donde aparece la verdadera jugada: esta decisión no busca cambiar nada en Gaza; busca tapar los problemas domésticos. Pedro Sánchez necesita nuevas cortinas de humo. Sus frentes internos son cada vez más incontrolables: casos de corrupción, conflictos internos con sus socios, un desgaste evidente en su imagen pública y un Congreso que se le empieza a atragantar. Colocar Israel en el centro de la agenda mediática le permite desviar el foco de todo eso.


Y como siempre, la televisión pública entra en el juego sin rechistar. RTVE, convertida en un auténtico altavoz gubernamental y un estercolero propagandístico, sigue a Sánchez a pie juntillas. Se fuerza un relato de supuesta autoridad moral, de líder valiente que “se planta” ante Israel, cuando en realidad estamos ante otro capítulo de su manual de distracción masiva.


En definitiva, Pedro Sánchez no tiene límites. Ni en su capacidad para manipular los tiempos, ni en su obsesión por sobrevivir políticamente, ni en su descaro a la hora de usar tragedias internacionales como cortafuegos de sus propios escándalos. Pero lo preocupante es que, mientras Sánchez juega a la diplomacia de postureo, España pierde peso, credibilidad y seriedad en la escena internacional.


Miguel Ángel Arranz

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