Incendios y la miseria del debate competencial.
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 18 ago
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Lo de España con los incendios roza lo grotesco. Cuando arde un monte, un pueblo o una vida, lo único que debería importar es apagar las llamas y proteger a las personas. Sin embargo, aquí lo que tenemos es un debate estéril y miserable: “la competencia es de las comunidades autónomas”. Como si el fuego entendiera de estatutos, consejerías o fronteras administrativas.
El argumento es tan absurdo que da vergüenza ajena repetirlo. Mientras el Gobierno central se lava las manos con el mantra de las competencias, países como Francia, Italia o Alemania envían medios humanos y materiales para colaborar en la extinción. Es decir, nuestros vecinos europeos actúan con más solidaridad, más eficacia y más sentido de Estado que el propio Gobierno de España.
¿De verdad alguien puede justificar que la administración central se desentienda porque “no es su competencia”? Los derechos son de las personas, no de los territorios. Y los afectados tienen derecho a recibir la máxima atención del Estado en su conjunto. Si su comunidad autónoma no puede dar respuesta, debe hacerlo la administración mayor. Punto. Lo demás es retórica barata y cobardía política.
El problema de fondo es la obsesión enfermiza con las autonomías, ese mosaico artificial que convierte cada incendio, cada crisis y cada problema en un ping-pong burocrático: quién paga, quién manda, quién se apunta el mérito. Y mientras tanto, los pueblos arden, los vecinos pierden sus casas y las víctimas quedan relegadas al último plano.
Resulta indignante que en plena catástrofe se dediquen a discutir si es competencia del consejero de turno o del ministro de turno, cuando a escasos kilómetros los medios franceses, italianos o alemanes actúan sin preguntar de quién es la responsabilidad. Esta es la demostración palpable de que el modelo autonómico es un lastre: fragmenta, divide, multiplica la burocracia y, lo que es peor, pone en riesgo la vida de los ciudadanos.
Porque no nos engañemos: la autonomía es un invento político, no una garantía de eficacia. Y lo que debería ser un Estado fuerte y solidario acaba convertido en un rompecabezas de mini-estados incapaces de coordinarse. Los incendios, como tantas otras crisis, lo dejan claro: las autonomías sobran.
Miguel Ángel Arranz



