El bueno, el malo y el feo… versión española
- Miguel Ángel Arranz Molins
- hace 6 días
- 2 Min. de lectura

Hay películas míticas que envejecen bien. El bueno, el malo y el feo es una de ellas. Luego está España, donde el remake político ha salido barato, mediocre y sin final digno.
En la versión original había un bueno, un malo y un feo. Aquí tenemos a tres actores que llevan años en cartelera y nadie tiene claro quién interpreta cada papel. Y da igual, porque ninguno merece ni el piano del principio.
¿El bueno? Ni está ni se le espera. Uno lleva años en Moncloa como si fuera su cortijo, incapaz de asumir que su tiempo pasó y que las responsabilidades pesan. Otro vive convencido de que es el gurú eterno de la derecha, aunque cada vez que abre la boca confirma que su personaje no da para más. Y el tercero… bueno, ese parece estar en la oposición solo para decorar. Un florero triste con corbata.
¿El malo? Podría ser cualquiera. El que maneja el poder como si fuera propiedad privada, el que se cree revolucionario de plató o el que se opone sin oponerse, habla sin convencer y existe sin hacerse notar.
Y luego queda el feo. Ese papel, sinceramente, lo están compitiendo los tres con entusiasmo. Porque no hay nada más feo que un país donde la corrupción se pasea con tranquilidad, se normaliza el abuso, se justifican los privilegios y nadie paga las facturas democráticas.
Mientras tanto, España —esa sí— cada día está más fea: polarizada, cansada, resignada y convertida en un escenario donde los protagonistas no son los ciudadanos, sino los actores de un western cutre.
Ellos protegen lo suyo. Ellos marcan los tiempos. Ellos deciden que aquí no pasa nada. Y lo peor es que tienen razón: no pasa nada.
Porque aquí, la película sigue. La banda sonora también. Solo falta que alguien apague la luz. Antes de que ya no quede nadie en el cine.
Ahora pongan ustedes el nombre del político que quieran al bueno, al malo y al feo.
Miguel Ángel Arranz



