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Justicia de plató

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 20 nov
  • 2 Min. de lectura

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En España ya no hace falta estudiar Derecho para impartir justicia. No hace falta ser juez, fiscal ni abogado del Estado. Solo necesitas un micro, una silla en una tertulia y el nivel justo de fanatismo ideológico para colocarte la toga imaginaria y decidir quién merece cárcel y quién merece aplausos. Bienvenidos a la nueva justicia española: la de plató, la de trending topic, la de tertulia bochornosa. Una justicia barata, manipulada y profundamente peligrosa.



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La condena al Fiscal General del Estado debería haber sido un terremoto institucional. Un país serio habría reaccionado con dimisiones inmediatas, explicaciones urgentes y asunción de responsabilidades. Pero aquí no. Aquí la reacción es otra: blindarlo en los medios, victimizarlo políticamente y exigir que la opinión pública “corrija” lo que ha dicho un tribunal. El mensaje es obsceno: si la sentencia no gusta, se desacredita a la justicia. Si el condenado es “de los nuestros”, entonces la justicia está contaminada.


Los mismos que llevaban años señalando a jueces, fiscales y tribunales como la última barrera contra el fascismo ahora piden convertir a los tertulianos en magistrados. Los mismos que gritaban que “la democracia está por encima de la ley” ahora pretenden que los telediarios estén por encima de los tribunales.


Y lo más grotesco es ver quiénes son esos nuevos “justicieros”: politólogos de medio pelo, periodistas convertidos en comisarios ideológicos y opinadores cuyo único currículum es cobrar de la televisión pública por repetir consignas. España ha cambiado el Estado de Derecho por el Estado de Opinión.


Lo que ahora vivimos no es un debate. Es una absolución mediática en directo. Un lavado de imagen con dinero público. Un insulto al sentido común.


Si total, ¿para qué queremos tribunales? ¿Para qué pagar jueces, fiscales, salas, secretarios judiciales, investigaciones, pruebas y sentencias? Si todo se puede resolver con un reportaje en La 1, un panel de tertulianos indignados y un editorial de los mismos que nunca levantan la voz cuando el condenado pertenece a su bando.


Que no engañen a nadie: lo que está en juego no es el fiscal condenado. Lo que está en juego es si este país va a aceptar que las leyes se sustituyan por narrativas, que las sentencias se sustituyan por titulares, y que la verdad dependa de quién grita más delante de una cámara.


Y por desgracia, viendo cómo reacciona una parte de la sociedad, la respuesta es tan clara como preocupante:


España ya no busca justicia. España busca relato. Y mientras siga siendo así, la justicia seguirá siendo un espectáculo, y el país, una broma.


Miguel Ángel Arranz

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