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De la acción a la escenografía: crónica de una deriva previsible

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 17 oct
  • 2 Min. de lectura

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Vox ha pasado de ser un partido incómodo, de esos que decían las cosas que nadie se atrevía a decir, a convertirse en una maquinaria de gestos, de puro marketing patriótico. De la acción al gesto, del proyecto al “postureo”. Y ese cambio no es casual: responde a una estrategia calculada, pero también a una peligrosa falta de contenido.


Vox ha entendido perfectamente la sociedad líquida en la que vivimos. Sabe que una imagen impacta más que una ley, que un vídeo en redes vale más que un programa de gobierno, y que una frase incendiaria tiene más recorrido que una propuesta razonada. El problema es que esa táctica puede servir para agitar, pero no para transformar. Y Vox, que nació como una fuerza que quería transformar, hoy vive instalado en la comodidad del espectáculo.


No es que su votante sea ignorante —porque no lo es—, sino que el propio partido ha decidido hablarle solo a la parte emocional, a la parte visual, al impulso. El votante medio de Vox ya no espera una alternativa de gestión, sino una bandera más grande, una frase más dura, un vídeo más viral. Y Abascal y los suyos lo saben. Por eso, el 90% de su tiempo lo invierten en fabricar símbolos, no soluciones.


Si uno repasa los últimos dos o tres años, el balance es demoledor: Vox no ha aportado una sola propuesta relevante fuera del eterno discurso sobre inmigración. Y ojo, que ese tema es importante, sí. Pero no puede ser el único. No puedes aspirar a liderar la derecha de este país hablando solo del muro y olvidando la economía, la vivienda, la industria, la energía o la educación.


Mientras tanto, el partido se desangra en egos internos, en guerras territoriales y en purgas silenciosas. Lo que antes era acción, hoy es pose. Lo que antes era discurso firme, hoy es ruido vacío. Vox ha pasado de querer ser alternativa a conformarse con ser performance.


Y en política, cuando dejas de actuar para empezar a posar, el final siempre es el mismo: el aplauso efímero y la irrelevancia duradera.


Miguel Ángel Arranz

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