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No echaron a Ábalos por robar… lo echaron por no repartir

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 12 jun
  • 1 Min. de lectura

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El último escándalo que sacude al PSOE confirma lo que muchos sospechábamos desde hace tiempo: en el socialismo del siglo XXI no hay delito si se comparte el botín. La Unidad Central Operativa (UCO) apunta que José Luis Ábalos fue destituido no por enriquecerse ilícitamente, sino por hacerlo al margen del sistema interno de reparto establecido por Santos Cerdán. Es decir, el problema no es la corrupción… el problema es la insubordinación dentro del engranaje del poder.


Ábalos habría percibido “ingresos” por su cuenta, a espaldas del sistema, y eso fue imperdonable para sus compañeros de filas. En lugar de escandalizarse por el posible delito, en Ferraz se indignaron porque el dinero no pasó por caja común. Lo apartaron no por ladrón, sino por desleal. Una mafia con carné de partido.


El PSOE, una vez más, demuestra que la regeneración democrática no es más que un lema vacío. Santos Cerdán —señalado como arquitecto del sistema— sigue campando a sus anchas y abrazándose en el Congreso como si nada. Mientras tanto, los ciudadanos asistimos impotentes a este espectáculo de impunidad organizada.


Este caso no es una excepción. Es el síntoma de una enfermedad estructural: redes de poder interno donde la lealtad no se mide en valores, sino en porcentajes del sobre. Y lo más grave: nadie dentro del PSOE ha exigido una auditoría interna, una dimisión, ni una explicación. El silencio es la confirmación.


La política se ha convertido en una empresa de favores cruzados, donde el que no reparte, cae. Lo de menos es España, lo de menos es el ciudadano. Lo importante es el sistema. El suyo.


Miguel Ángel Arranz

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