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Sánchez no reflexiona, se atrinchera: prepara su última jugada antes de hundir el país con él

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 15 jun
  • 2 Min. de lectura
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Que nadie se confunda. Pedro Sánchez no se ha retirado a “reflexionar” en la finca de Quintos de Mora como si fuera un monje en busca de iluminación espiritual. Ha ido a lo que siempre hace: diseñar una estrategia para sobrevivir políticamente, o en su defecto, para dinamitar todo a su paso antes de caer.


Mientras el escándalo de Santos Cerdán y los tentáculos de la corrupción cercan a su entorno más íntimo, el presidente opta por esconderse en una finca aislada. ¿Para pensar? No. Para calibrar cómo salir indemne o cómo envolver al país entero en su caída si ve que no tiene escapatoria.


Porque Sánchez no es de los que dimiten con dignidad. Sánchez es del perfil de “morir matando”, de incendiar las instituciones si eso le da unos días más en el poder. Su historial lo demuestra: cuando parece acorralado, aparece con un giro teatral, una cortina de humo, una persecución inventada o una nueva maniobra mediática que desvíe la atención.


Antes de su marcha, se reunió con su jefe de gabinete y con el ministro Bolaños. No fue una despedida, fue una cumbre de crisis. El objetivo: analizar daños, medir lealtades y buscar el próximo chivo expiatorio.


Que no nos vendan el relato de la introspección. Estamos ante una nueva fase del sanchismo: el modo bunker, donde todo vale para aguantar, aunque sea a costa de la democracia, la división de poderes o la imagen internacional del país.


Y si finalmente decide irse, no será sin dejar atrás una estela de ruina institucional, polarización total y un país más dividido que nunca. Porque la política de Pedro Sánchez nunca ha sido construir, sino resistir. Y si no puede resistir más, destruir.


Miguel Ángel Arranz

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