Sindicatos en coma: sobran, estorban y encima callan
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 1 jul
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Hay algo casi tierno en nuestros sindicatos mayoritarios. Siempre atentos, siempre indignados… pero solo cuando el que roba lleva corbata azul. Entonces se transforman en héroes de la ética: pancartas, concentraciones, comunicados con titulares apocalípticos. Todo un despliegue teatral digno de los mejores tiempos del sindicalismo de clase.
Pero basta con que el corrupto sea de izquierdas —o mejor dicho, del PSOE— para que se apague la voz, se bajen las persianas y se activen los protocolos de “prudencia institucional”. Los ERE de Andalucía (más de 600 millones volatilizados), los contratos turbios en plena pandemia, las últimas joyas en Navarra o Valladolid con la UCO entrando por la puerta… ¿Dónde están UGT y CCOO? ¿En un retiro espiritual? ¿Haciendo meditación con respiración subvencionada?
Si la Gürtel era el apocalipsis, lo del PSOE es “un caso aislado”. Si lo hace el PP, “vergüenza nacional”. Si lo hace el PSOE, “hay que esperar a que se pronuncie la justicia”.
Y mientras tanto, la justicia sí que se pronuncia… pero los sindicatos siguen de perfil. O de rodillas.
Porque ya ni siquiera disimulan. Los grandes sindicatos se han convertido en estructuras vacías, anquilosadas, mantenidas a golpe de subvención pública, incapaces de movilizar a nadie que no sea su propia cúpula. No representan a los trabajadores: representan a sí mismos y a los partidos que les riegan.
Y aquí va la verdad incómoda: ya no pintan nada.
No son necesarios. No hacen falta. Están para cobrar, para callar y para salir en la foto el 1 de mayo, con sus viejas consignas y sus banderas descoloridas. Son una caricatura de lo que fueron. Y en un país serio, desaparecerían. Porque un sindicato que calla ante la corrupción —según el carné del corrupto— no es un sindicato: es una vergüenza institucional con nómina pública.
Miguel Ángel Arranz



