Si arde una iglesia, silencio; si arde una mezquita, crisis de Estado.
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 17 ago
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Arde una iglesia en Granada. El culpable: un joven magrebí de 21 años. El hecho en sí ya es grave: un ataque directo contra un lugar de culto y contra lo que representa. Pero lo verdaderamente repugnante es lo que viene después, el guion prefabricado con el que este Gobierno y sus voceros manejan cualquier crisis.
El presidente, fiel a su manual de excusas, acabará señalando al cambio climático o, en su defecto, a la “fachosfera”, ese invento propagandístico con el que pretende criminalizar a todo el que no le lame las botas. No se trata de justicia, ni de seguridad, ni de respeto a las víctimas: se trata de proteger el relato, incluso cuando la realidad lo hace añicos.
La Conferencia Episcopal, en otro acto de cobardía, saldrá corriendo a decir que “el islam no es un problema en España”. Un discurso que suena muy bien en los salones de la progresía, pero que ignora lo evidente: si una mezquita hubiese sido atacada por un español, hoy estaríamos ante una tormenta política y mediática de dimensiones históricas.
Ese es el núcleo del problema: la doble vara de medir moral. Cuando la víctima es una iglesia católica, todo se silencia, se relativiza y se esconde bajo toneladas de buenismo barato. Cuando se trata de una mezquita, el aparato mediático de la Moncloa se incendia a la velocidad de la pólvora, con editoriales indignados, portadas a todo color y sermones de medio país señalando a los “culpables colectivos”.
La diferencia es obscena y lo saben. La consigna es clara: unas víctimas merecen solidaridad inmediata, otras deben resignarse al silencio y al desprecio institucional. Así funciona la maquinaria del poder: manipular la indignación, repartirla con cuentagotas y usarla como arma política.
España arde en sus iglesias, en su seguridad y en su dignidad. Y lo único que este Gobierno sabe hacer es manipular el fuego para que ilumine únicamente su relato. Esa es la verdadera tragedia: que mientras los templos se consumen, la justicia y la igualdad ya están reducidas a cenizas.
Miguel Ángel Arranz



