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Rufián, del cómico del Congreso al payaso de España

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 10 jul
  • 2 Min. de lectura

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Gabriel Rufián lleva años interpretando su papel en el Congreso como si de una tragicomedia se tratase. Lo suyo no es política: es espectáculo. Pero como todo show mal dirigido, acaba perdiendo gracia. Ayer, una vez más, volvió a demostrar que ya no sabe ni a quién atizar. Desorientado, enfadado porque el PP no juega con él —como si esto fuera el recreo del instituto—, lanzó palos a todos lados, sin saber si cabrearse con Vox, con Junts, con el PSOE o con el mundo en general. El resultado: ruido, confusión y vergüenza ajena.


Rufián ha querido convertirse en el azote del sistema mientras se convierte en una pieza más de su engranaje. Critica al PSOE con la boca pequeña, pero no duda en apuntalarlo cuando hace falta. Ataca a Junts como si él no hubiese vendido también su alma a la gobernabilidad de Sánchez. Y se lanza contra la derecha mientras le tiembla la voz si se trata de señalar las cloacas que él mismo ha ayudado a tapar. Ese “quiero y no puedo” constante, ese “soy rebelde pero domesticado”, lo ha convertido en un personaje de sí mismo.


El problema de Rufián no es que hable mucho, sino que cada vez dice menos. Ha vaciado de contenido sus discursos, que han pasado de levantar aplausos entre su parroquia a provocar bostezos y sonrojos. Su estilo de mitin de barra de bar ya no impacta: aburre. Ha perdido el respeto de sus adversarios y la credibilidad de muchos de sus votantes. Y lo peor: ni siquiera parece notarlo.


Entró en el Congreso como el “chico listo” de Esquerra, el que usaba la ironía y la provocación como armas de agitación. Hoy se va convirtiendo, lentamente, en el payaso de una España que ya no se ríe con él, sino de él. De tanto querer sin querer, de tanto decir sin hacer, de tanto señalar sin mojarse, ha terminado encarnando lo que más criticaba: un político más, sin rumbo, sin causa, sin alma


Miguel Angel Arranz


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