¡QUÉ DECEPCIÓN!
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 16 jun
- 2 Min. de lectura

En momentos donde España atraviesa una de las mayores crisis institucionales de su democracia, donde el poder judicial está siendo atacado sin pudor desde el propio Gobierno, donde la separación de poderes tambalea bajo el peso de un Ejecutivo que actúa con tics autoritarios, el silencio del jefe del Estado resulta, cuanto menos, sonrojante.
Felipe VI, Rey de España, debería ser un referente, un símbolo firme en defensa de la legalidad constitucional y de las instituciones que sostienen nuestro sistema democrático. Sin embargo, hoy es un mero adorno institucional, una figura protocolaria, casi ornamental. La Corona ha decidido mirar hacia otro lado, en lugar de erguirse con dignidad frente a los embates que sufre el Estado de Derecho.
Mientras los ciudadanos se preocupan por el deterioro institucional, por la utilización partidista de la Fiscalía General del Estado o por las maniobras que erosionan la independencia judicial, el monarca parece más centrado en vídeos promocionales en TikTok o paseos culturales por museos y exposiciones, como si fuera un influencer de Patrimonio Nacional. ¿Ese es el papel que se espera de un Jefe de Estado? ¿De verdad alguien puede justificar esta desconexión tan brutal con la realidad política y social del país?
La imagen que proyecta la Zarzuela es la de una Casa Real anestesiada, superficial, más preocupada por preservar su imagen estética que por asumir sus funciones en un momento de extrema gravedad. Y no, esto no va de hacer política. Va de defender los principios fundamentales de una Constitución que precisamente le otorga su papel. Porque si el Rey no es capaz de alzar la voz para proteger la democracia, ¿para qué está?
No se trata de pedirle al Rey que entre en la refriega diaria, sino de exigirle que asuma con responsabilidad su papel como garante de la unidad y estabilidad del Estado. Lo que está ocurriendo no es un debate menor ni una pugna entre partidos: es una amenaza directa a las bases sobre las que se construyó nuestra convivencia democrática.
En esta ausencia continuada, es lógico que muchos españoles empiecen a cuestionarse qué sentido tiene la institución monárquica. Si el Rey no actúa cuando más se le necesita, si permanece inmóvil cuando el Gobierno desprecia a los jueces y ningunea al Parlamento, entonces la monarquía se convierte en una figura hueca, prescindible y desconectada del pueblo.
Felipe VI aún está a tiempo de rectificar. Pero cada día que pasa sin actuar, sin alzar la voz o sin expresar siquiera una preocupación institucional mínima, es un clavo más en el ataúd de la credibilidad de la Corona. Y lo que es peor: un paso más hacia una democracia cada vez más debilitada, sin contrapoderes visibles, sin referencias morales y sin esperanza.
Miguel Ángel Arranz



