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Para España no llegan nunca

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 11 nov
  • 2 Min. de lectura

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El Gobierno “llega tarde” a la campaña del Día de la Constitución. Pobrecitos. No les ha dado tiempo. Qué disgusto. Qué tragedia institucional. Qué inesperado desastre administrativo… salvo por un pequeño detalle: no han llegado tarde, han llegado exactamente cuando querían llegar. Es decir, demasiado tarde para hacer nada.



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Porque cuando algo no te importa, lo dejas pudrirse. Y a este Gobierno la Constitución le importa lo mismo que el reloj del Ayuntamiento a un okupa: nada. Ni simboliza nada para ellos, ni les aporta nada, ni encaja en su hoja de ruta. Les estorba. Les frena. Y, sobre todo, les recuerda que España es más que sus pactos y sus malabarismos parlamentarios.


Mientras tanto, y qué coincidencia tan divina, la gira oficiosa del aniversario de la muerte de Franco lleva afinándose DOS AÑOS. Dos años preparando actos, discursos, contenidos, memoria selectiva y liturgias políticas. Dos años. Para eso, oye, no hay plazos que caduquen, no hay concursos que se suspendan, no hay agendas saturadas. Ahí todo fluye. Ahí todo encaja. Ahí el tiempo no corre, se arrodilla.


Para la Constitución: “Uy, qué tarde es, no nos da tiempo, qué pena”.

Para Franco: “¿Reservamos también el Auditorio o lo dejamos para el año siguiente?”.


Y luego, con toda la cara del mundo, se presentan como grandes guardianes del progreso. Sí, progreso… hacia atrás, pero muy convencidos. Porque este Gobierno tiene una habilidad increíble: pisotear todos los símbolos que representan la modernidad democrática de España, mientras rescatan, barnizan y exponen símbolos que deberían seguir en la vitrina del pasado, cerrada y con llave.


El mensaje es clarísimo:

– Celebrar 47 años de Constitución: qué pereza, tú.

– Recordar a un dictador muerto hace casi medio siglo: ¡eso sí que no se nos pase!


Lo mejor es el cinismo. Se excusan como si fueran víctimas del calendario, cuando en realidad son víctimas únicamente de su falta de interés. O mejor dicho: de su interés en que la Constitución se diluya, se relativice, se desgaste. Porque su objetivo final no es celebrarla. Es reducirla a un trámite incómodo antes de poder reescribirla a medida de sus socios.


Y mientras siguen este teatro, el país observa cómo los símbolos del Estado que no les convienen se caen a pedazos… y los que sí les sirven para polarizar, dividir o retroalimentar su narrativa se mantienen impecables, restaurados y listos para su uso político.


En resumen:

Para la Constitución, llegan tarde.

Para Franco, llegan pronto.

Para España, no llegan nunca


Miguel Ángel Arranz

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