top of page

Mierda

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 7 nov
  • 2 Min. de lectura

ree


Hay algo profundamente podrido en la política española, y no es precisamente nuevo. Lo que pasa es que ahora ya ni se molestan en disimular. PP y PSOE —los eternos guardianes del cortijo— no compiten por limpiar la política, sino por ver quién consigue ensuciar al otro justo a tiempo para que el hedor se reparta equitativamente y ayer lo podíamos comprobar de nuevo.


Ya no se trata de combatir la corrupción, sino de gestionarla. De calendarizarla. De saber cuándo conviene soltar un escándalo del rival para neutralizar el propio. Una especie de calendario de mierda política donde lo importante no es el contenido, sino el momento del lanzamiento. Si hoy sale un caso del PP, no se preocupen: el PSOE tiene en la recámara otro escándalo listo para equilibrar el fango. Y si mañana estalla uno del PSOE, el PP desempolva alguno guardado bajo la alfombra.


Así llevan años: midiendo los tiempos, tapando sus vergüenzas con las del otro, y repartiéndose la indignación del país como si fuera un pastel electoral. La corrupción ya no es un problema que resolver, sino un arma que administrar. Les da igual si se roba, si se manipula, si se miente, si se falsea. Lo único que les preocupa es quién sale primero en el telediario y quién logra que, al final del día, la mierda huela igual en las dos aceras.


Y mientras tanto, los ciudadanos —esos a los que se llenan la boca de decir que representan— asisten a este teatrillo de intercambio de porquería, resignados, anestesiados, convencidos de que “todos son iguales”. Y, lo peor, es que lo son.


Porque tanto PP como PSOE han convertido la política en una cloaca de cálculo y propaganda. Ya no se gobierna para mejorar el país, sino para sobrevivir al siguiente titular. Ya no se hace política para servir, sino para tapar. Tapar la mierda del otro con la propia, en un ciclo infinito de mugre y silencio.


Y que no vengan con cuentos de regeneración o de ejemplaridad, porque no hay nada que regenerar en un sistema que ya nació corrompido por el miedo a perder el poder. Lo único que queda es asumirlo: aquí nadie limpia nada. Solo compiten por quién consigue ensuciar menos… o, al menos, quién logra que la peste del vecino tape la suya.


Así funciona España: un país donde la corrupción no se castiga, se negocia. Donde los partidos no gobiernan, se encubren. Y donde el ciudadano, al final, solo sirve para aplaudir mientras le siguen robando con la sonrisa puesta.


Miguel Ángel Arranz

bottom of page