Manual para domesticar la democracia
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 3 nov
- 2 Min. de lectura

Hay golpes de Estado que no necesitan tanques. Basta un BOE y un par de manos sucias.
Pedro Sánchez lo ha entendido mejor que nadie. Donde otros usaron sable, él usa reglamento. Donde otros clausuraban tribunales, él los reforma. Es más fino, más elegante… y mucho más peligroso.
Nos vendieron la última reforma judicial como una “modernización”. Qué palabra tan gastada, tan vacía, tan perfecta para taparlo todo. La modernización que consiste en atar los hilos del poder judicial desde el Consejo General, en domesticar la Fiscalía General del Estado —esa que ya ni disimula su obediencia— y en colocar la investigación penal en manos de quien depende del Gobierno. Un plan quirúrgico, lento, calculado.
Europa lo ha olido. Bruselas advierte, el CGPJ protesta, las asociaciones judiciales gritan. Pero da igual. El Ejecutivo sigue su camino con sonrisa de seda y puñal de decreto. Y mientras tanto, el Fiscal General, imputado, sigue en su silla como si el banquillo fuera un premio de carrera.
La independencia judicial —esa que tanto costó levantar— se pudre a la vista de todos. Se la están comiendo a bocados, como las termitas devoran una viga, sin ruido, sin sangre, pero con eficacia. Y cuando despertemos, ya no quedará más que el decorado: una justicia con toga, sí, pero sin dignidad.
Este Gobierno no reforma, ocupa. No mejora, somete. No moderniza, manipula. Todo para blindarse, para salvar el pellejo de sus fieles y mantener a raya a quienes aún creen que la ley no debe inclinarse ante el poder.
Así actúa Sánchez: con la sonrisa del demócrata y el alma del autócrata, convencido de que mientras conserve el relato, puede perderlo todo menos el control.
Y si no lo frenamos, llegará el día en que los jueces dejen de juzgar y empiecen a obedecer.
Entonces sí, la toga ya no se arrodillará ante la ley, sino ante el poder.
Miguel Ángel Arranz



