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Los guardianes de “lo público” que solo protegen su trono

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 15 nov
  • 2 Min. de lectura

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Hay que reconocerlo: pocas cosas resultan tan grotescas como ver a ciertos defensores del sistema público educativo comportarse como aristócratas del siglo pasado mientras exigen al resto que aplaudan, financien y se sacrifiquen por su causa como si fuera un deber moral.


Se indignan, gritan, exigen respeto, presupuesto, huelgas, pancartas y silencio obediente.

Pero cuando uno rasca un poco, solo encuentra lo de siempre:

privilegios disfrazados de justicia social.


Porque estas personas no defienden la educación pública:

defienden su plaza, su salario, su estatus y su inmunidad laboral.


Hasta presumen del dato:

“Un trabajador por cada siete estudiantes.”

Y lo dicen como quien enseña una medalla, no como quien confiesa un despilfarro.


Luego se enfadan si alguien pregunta lo obvio:

¿para quién funciona realmente este sistema?

¿para el estudiante… o para la estructura que vive de él?


Pero la parte más cómica —o más patética, según el día— es esta:


¿Alguna vez has visto a un funcionario protestando por las condiciones laborales de un trabajador de una empresa privada?


Ni uno.

Jamás.

Ni una pancarta, ni un tuit, ni una lágrima.


Eso sí:

cuando se trata de defender su jornada, sus sustituciones, sus trienios, sus complementos, su antigüedad y su “derecho adquirido”, entonces sí:

banderas, lágrimas, indignación, comunicados, huelgas, columnas, manifiestos y el mundo debe detenerse.


Curioso concepto de solidaridad.


Lo llaman “defender lo de todos”, pero no es verdad.

No luchan por el futuro del país ni por la igualdad educativa:

luchan por mantener un sistema en el que están blindados y del que no quieren que nadie, absolutamente nadie, toque una pieza.


Por eso necesitan convertir la educación pública en religión y la privada en enemigo.

Porque si se permite elegir, comparar o mejorar…

se acaba el monopolio emocional y laboral en el que llevan décadas acostados.


Y entonces, la única verdad quedará al descubierto:


No defienden un modelo educativo.

Defienden su negocio.

Su comodidad.

Su impunidad.


El resto —el discurso, la épica, los cánticos, las frases grandilocuentes— es puro teatro.


Y lo peor no es que lo representen.


Lo peor es que todavía esperan que aplaudamos.


Miguel Ángel Arranz

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