Lo que falta son ganas
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 26 oct
- 2 Min. de lectura

Quizá vaya siendo el momento —o más bien ya va siendo hora— de que este país empiece a tomarse en serio el significado de trabajar. Porque sí, a la primera o segunda oferta rechazada, se acabó el subsidio. Basta ya de mantener con dinero público a quien ha decidido profesionalizarse en “vivir del paro”.
Y, de nuevo, absténganse los de siempre, los que sacan la bandera de la demagogia diciendo “a ver si ahora un ingeniero va a tener que ponerse a cortar pescado”. No, no se trata de eso. Se trata de algo más simple: de aceptar una oferta acorde a tu experiencia y formación, no de rechazarla porque prefieres seguir cobrando sin hacer nada.
Porque, sinceramente, ya estoy más que harto de escuchar esa frase de bar tan española:
“Total, para cobrar 200 euros más que en el paro, prefiero quedarme en casa tranquilo.”
No, mire usted. No es lo mismo. No es lo mismo cobrar un sueldo por trabajar que cobrar una prestación por no hacerlo. No es lo mismo contribuir que vivir a costa de los que sí madrugan. Y tampoco es justo que un país se desangre pagando subsidios a quien no quiere salir de su comodidad subvencionada.
Y que no venga nadie con el argumento del “salario indigno”. En España los salarios están regulados por convenio. Si una empresa ofrece por debajo, se denuncia. Pero si ofrece lo que marca la ley y aun así se rechaza el puesto, el problema no está en la empresa, está en el trabajador.
Meloni puede gustar más o menos, pero al menos ha tenido el valor de decir en voz alta lo que muchos piensan: rechazas una oferta, pierdes el subsidio. Y, sinceramente, no parece ninguna locura.
Porque un país no puede avanzar mientras unos se levantan cada día a producir y otros se levantan a mirar el reloj esperando que siga corriendo el paro.
Miguel Ángel Arranz



