Las burguesas jugando a ser rebeldes
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 25 ago
- 2 Min. de lectura

La imagen que acompaña estas líneas es un ejemplo perfecto de cómo algunas figuras públicas, que viven rodeadas de privilegios, pretenden disfrazarse de “rebeldes” y “antisistema” para mantener su narrativa política. Irene Montero, actual eurodiputada con un sueldo que supera los 7.800 euros netos mensuales, más dietas, pluses y privilegios de primer nivel, aparece sonriendo en un baño junto a su amiga, frente a un grafiti con mensajes “antifascistas” y “antirracistas”.
El contraste es tan evidente que resulta casi grotesco. Mientras la mayoría de los trabajadores de este país hacen malabares para llegar a fin de mes, ella —que cobra casi 100.000 euros al año y disfruta de coches oficiales, asesores, viajes pagados y una agenda diplomática de lujo— intenta proyectar la imagen de una “chica normal” del proletariado, “cercana” y “rebelde”.
Este es el ejemplo perfecto de burguesas jugando a ser pobres. Acomodadas que, desde la cima del sistema, juegan a fingir que luchan contra él. Mientras predican discursos sobre “justicia social”, disfrutan de una realidad muy distinta a la que dicen representar. Las vacaciones exclusivas, los eventos privados, los privilegios institucionales y los ingresos millonarios del entorno de Podemos contrastan con la estética impostada de camiseta negra, shorts y baños con pintadas “antisistema”.
Montero es el claro ejemplo de esa doble vida política:
En Bruselas, vive como una eurodiputada privilegiada, con sueldos astronómicos y restaurantes caros.
En España, se transforma en la “niña afrancesada” que, para mantener la narrativa, se cambia de ropa, se pone un look desenfadado y posa frente a un grafiti como si fuese parte del pueblo llano.
El problema no es solo la incoherencia estética: es la incoherencia política. Quienes dicen “luchar contra el sistema” se han convertido en los mayores beneficiarios del sistema. Quienes critican la desigualdad la alimentan, cobrando sueldos que superan con creces el salario medio de cualquier trabajador español. Quienes se declaran “antisistema” viven protegidos por el propio sistema al que dicen enfrentarse.
En resumen, la foto es la metáfora perfecta:
Sonrientes, ligeras, relajadas, jugando a ser rebeldes en un baño público, mientras detrás de la cámara se esconde una realidad de sueldos de élite, privilegios de casta política y un estilo de vida alejado de aquello que dicen defender.
La lucha real por la igualdad no se hace con poses para Instagram, ni con pintadas improvisadas en una pared. Se hace renunciando a privilegios, al poder, a las dietas millonarias, y compartiendo los sacrificios de quienes de verdad pertenecen al pueblo. Hasta que eso ocurra, estas fotos seguirán siendo lo que son: puro postureo de burguesas disfrazadas de rebeldes.
Miguel Ángel Arranz



