La gran mentira detrás del lema " El pueblo salva al pueblo"
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 27 ago
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 28 ago

Sé que este artículo será impopular, pero alguien tiene que decirlo: la frase «el pueblo salva al pueblo» es una aberración conceptual, un eslogan vacío, un canto a la improvisación y, sobre todo, un salvoconducto perfecto para que los verdaderos responsables se laven las manos. Y no, no es más errática porque no sea más larga; lo es porque es profundamente equivocada.
El pueblo no tiene por qué salvar al pueblo. Así de simple. Y, del mismo modo, el Estado tampoco tiene por qué tutelar al pueblo ni convertirse en una madre protectora omnipresente. Cada parte de la ecuación social tiene su lugar: los ciudadanos exigen, los gobiernos gestionan y devuelven en servicios lo que recaudan vía impuestos. Punto.
El problema es que, en los últimos años, ciertos sectores han instaurado la idea de que solo nos salvamos nosotros mismos, de que no esperemos nada de los políticos, de que si queremos soluciones, tenemos que dárnoslas entre nosotros.
Claro, hoy en día, desde luego que sí: la clase política es incapaz, está desconectada de la realidad y, en muchos casos, instalada en la corrupción y el clientelismo. Hoy, desde luego, no hay motivos para confiar en ellos.
Pero que estemos gobernados por mediocres no puede llevarnos a desmontar los pilares de una convivencia cívica y democrática. Porque una democracia no se sostiene sobre eslóganes emocionales ni sobre la autogestión del caos, sino sobre la existencia de estamentos, de funciones y de responsabilidades claras.
Si nos basamos únicamente en la idea de que «el pueblo salva al pueblo», ¿quién pone los límites?
¿Quién decide cuándo salvar y a quién?
¿Quién determina qué dramas son prioritarios y cuáles no?
¿Bajo qué criterio se reparte la ayuda, la atención, los recursos?
La respuesta es evidente: el criterio mediático.
Cuando un drama aparece en prensa o inunda los informativos, el pueblo se moviliza. Pero cuando deja de ser noticia, cuando las cámaras se apagan y los hashtags se agotan, el drama desaparece… aunque siga existiendo.
Esa lógica emocional, volátil y parcial es profundamente injusta y absolutamente insostenible. Porque un Estado de derecho no puede depender de la popularidad momentánea de una causa. No se gobierna con trending topics; se gobierna con estructuras, leyes y políticas públicas que protejan a todos, incluso a los que no salen en la televisión.
El pueblo no está para salvarse a sí mismo. El pueblo está para exigir:
Exigir gestión eficaz.
Exigir transparencia.
Exigir responsabilidad política.
Exigir que los impuestos que paga se traduzcan en servicios, seguridad, cobertura y protección.
Un pueblo que asume como normal que tiene que hacer el trabajo del Estado está condenando su propio futuro. Porque, mientras nos ocupamos de salvarnos entre nosotros, los de arriba siguen cobrando, legislando y saqueando… sin rendir cuentas.
Por eso, desde hoy, renuncio a la frase «el pueblo salva al pueblo». No solo es un error, es una trampa.
Una democracia sana no necesita héroes improvisados, necesita instituciones que funcionen, políticos que respondan y ciudadanos que sepan exigir.
La verdadera responsabilidad del pueblo no es salvarse a sí mismo; es elegir bien, vigilar mejor y reclamar siempre. Lo demás es propaganda, resignación y caos disfrazado de épica.
Miguel Ángel Arranz



