La educación se derrumba mientras miramos a la "flotilla"
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 9 oct
- 2 Min. de lectura

Así nos ha ido. Este es el resultado de años de políticas educativas diseñadas desde los despachos y no desde las aulas. Años de priorizar la ideología frente a la enseñanza, el activismo frente al esfuerzo, la ocurrencia frente al conocimiento. Y ahora tenemos lo que tenemos: una generación que no sabe escribir su nombre con 12 años. No lo digo yo, lo dicen los datos, los informes internacionales y los propios docentes que no saben ya cómo explicar lo obvio.
Durante años se ha permitido que la escuela se convierta en un laboratorio social, donde lo importante no es enseñar matemáticas, lengua o historia, sino programar talleres de bisexualidad, invitar a activistas trans a dar charlas, o dedicar horas lectivas a debates sobre identidades y pronombres. Todo menos educar. Y, claro, cuando los fundamentos desaparecen, el edificio se derrumba.
Mientras tanto, los mismos que defienden este modelo son los primeros en escandalizarse por los resultados del informe PISA. Pero no asumen ninguna responsabilidad. Ellos, que llevan años moldeando el sistema educativo para que nadie se sienta ofendido, han conseguido justo lo contrario: ofender al sentido común. Han hecho de la mediocridad una bandera y de la ignorancia una virtud.
Hoy tenemos una generación anestesiada, incapaz de razonar, incapaz de escribir correctamente una frase, y con una dependencia absoluta del teléfono móvil para pensar. Y lo peor no es eso: lo peor es que a algunos les conviene. Porque cuanto menos se sabe, más fácil es manipular. Cuanta menos formación tienen los ciudadanos, más dóciles son ante el discurso político del día. Y así, entre talleres de inclusión y campañas de diversidad, van construyendo su ejército de votantes sin criterio.
España está al borde de convertirse en un país fallido. En una o dos generaciones lo veremos con claridad. Hemos cambiado el esfuerzo por la excusa, la exigencia por la fragilidad y la educación por el entretenimiento. Mientras discutimos sobre el género de un gato o la orientación de un dibujo animado, nuestros niños no saben multiplicar ni escribir sin faltas.
Y luego nos preguntamos qué ha fallado. Lo diremos claro: ha fallado la educación, porque la hemos entregado a la ideología. Ha fallado la sociedad, porque ha confundido libertad con permisividad. Y han fallado nuestros políticos, porque mientras llenaban las aulas de discursos vacíos, dejaban vacías las cabezas de nuestros hijos.
Así nos ha ido. Y lo peor es que todavía no hemos tocado fondo.
Miguel Ángel Arranz



