La culpa la tiene la puerta de los leones
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 24 oct
- 2 Min. de lectura

Debe de haber algo en esa puerta. Algo místico, químico o directamente milagroso. Porque es cruzarla —esa famosa Puerta de los Leones del Congreso— y ver cómo se produce una transformación que ni los laboratorios más avanzados podrían replicar. Entran activistas con convicciones, indignación y zapatillas cómodas, y salen señores y señoras con americana entallada, reloj suizo y una afición repentina por los menús degustación.
No sé si será el mármol, la moqueta o el aire acondicionado del hemiciclo, pero lo cierto es que esa puerta convierte la rebeldía en protocolo, el discurso encendido en frase medida, y el “yo vengo del pueblo” en “tráeme el coche oficial que llueve”. A algunos habría que ponerles antes y después, como en esos programas de cambio de imagen. Solo que aquí el maquillaje no es de Sephora, sino de poder, sueldo y dietas.
Es curioso, muy curioso, que luego pidan que se les trate “como a uno más”. Que hablen de empatía, de igualdad, de calle. Pero la calle, me temo, ya la ven desde la ventanilla tintada del coche oficial. Y si la pisan, es para hacerse una foto con gesto compungido y luego volver a su reserva en el restaurante de moda.
La puerta de los leones, en realidad, no da acceso al Congreso. Da acceso a otra galaxia: la de los que olvidan de dónde venían en cuanto pisan la alfombra roja institucional. No todos, claro, siempre hay excepciones… pero qué casualidad que las excepciones sean cada vez más difíciles de encontrar.
Así que sí, la culpa la tienen, la puerta a los leones al cruzarla. Porque algo pasa ahí dentro que borra la memoria, cambia el acento y ajusta el armario. Y lo más irónico de todo es que siguen convencidos de que siguen siendo los mismos. Solo que ahora, claro, con chaqueta de lino y menú de 90 euros.
Miguel Angel Arranz



