Igualito que en Francia
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 4 sept
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Mientras en Francia el primer ministro François Bayrou se jugará el próximo 8 de septiembre su futuro político en una cuestión de confianza ante la Asamblea Nacional, aquí en España seguimos instalados en el esperpento institucional. En París, una votación parlamentaria con riesgo real: si Bayrou pierde, dimite. Se va a su casa. Así funciona la democracia en un país serio, donde la responsabilidad política es algo más que un titular.
Aquí, sin embargo, llevamos tres años sin presupuestos y Pedro Sánchez ya ha dejado claro que, si no logra aprobarlos otra vez, seguirá tan tranquilo en la Moncloa. Se la suda el control parlamentario, se la suda la estabilidad presupuestaria, se la suda la transparencia. Sánchez gobierna por decreto y, mientras tanto, nos venden la falsa escenificación de “negociaciones tensas” con sus socios de la mafia nacionalista, cuando todos sabemos que las cesiones ya están pactadas de antemano.
Entonces, ¿para qué presentar los presupuestos si, en caso de rechazo, no pasa nada? ¿Para qué este teatro inútil? ¿Por qué seguir fingiendo que existe una negociación real cuando el resultado está decidido de antemano? Si los va a sacar entregando privilegios millonarios a ERC, Bildu y demás socios, que lo diga. Y si no, que tenga la decencia de asumir las consecuencias y convocar elecciones.
Pero el problema de fondo es todavía más grave: no hay nadie enfrente. La oposición, liderada por un Partido Popular incapaz de explicar a los españoles el calibre del desastre económico y político, vive atrapada en su propio desconcierto. Ni Feijóo, ni Abascal, ni ningún otro líder parece capaz de plantear una alternativa sólida, cohesionada y, sobre todo, valiente. Mientras en Francia la oposición actúa unida y con firmeza para defender el interés general, aquí cada uno juega su propia partida, temeroso de perder cuatro votos o de incomodar a la maquinaria mediática.
España vive atrapada en una crisis institucional donde el Gobierno ignora el Parlamento, la oposición no sabe ejercer de contrapeso y los ciudadanos, cada día más cansados, ven cómo la política se ha convertido en un espectáculo grotesco, sin reglas, sin consecuencias y, sobre todo, sin respeto a la democracia.
Quizá haya llegado la hora de dejar de hablar de presupuestos, de negociaciones y de teatros… y empezar a hablar de dignidad. Porque si en Francia dimiten, aquí resisten. Si en Francia se fiscaliza, aquí se compra. Y si en Francia hay política, aquí lo que tenemos es propaganda.
Y la factura, como siempre, la pagamos nosotros.
Miguel Ángel Arranz



