Gibraltar: rendición diplomática sin contrapartidas
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 14 jun.
- 2 Min. de lectura

El Gobierno de España ha entregado, sin debate público ni consulta democrática, uno de los pocos resortes de presión que le quedaban en el conflicto enquistado de Gibraltar.
Decimos adiós a la Verja… y hola a una cesión política encubierta.
La paradoja es escandalosa: el Reino Unido, tras el Brexit, ha decidido cortar todos sus lazos con la Unión Europea. Y sin embargo, en Gibraltar, España accede ahora a eliminar la frontera física, integrando fácticamente al Peñón en el espacio Schengen sin que Gibraltar ni Londres estén formalmente dentro. Es decir, se vuelve a abrir la frontera a un territorio británico extracomunitario, pero esta vez sin control, sin condiciones y sin exigir reciprocidad.
El acuerdo es presentado como “un paso hacia la cooperación”.
Pero en realidad es una claudicación sin avances tangibles en el reconocimiento de la soberanía o en la fiscalización de actividades en el Peñón. Gibraltar seguirá siendo un paraíso fiscal, una plataforma de fuga de empresas, una base militar extranjera… con barra libre de tránsito desde España.
¿A cambio de qué? De absolutamente nada.
Como ya es habitual, desde la izquierda se apresuran a recordar que fue Franco quien cerró la verja en 1969. Pero se olvidan de por qué: porque el Reino Unido no cumplía con las resoluciones de la ONU sobre descolonización. Y hoy, más de 50 años después, el Gobierno de Pedro Sánchez se salta todas las alarmas de soberanía nacional para congraciarse con una colonia en manos de una potencia que ya ni siquiera es socia comunitaria.
Este episodio confirma un patrón: la política exterior española es débil, incoherente y sin visión estratégica. No hay doctrina, no hay alianzas claras, no hay defensa del interés nacional. Solo gestos de cosmética para vender acuerdos a corto plazo que hipotecan la posición del país a largo plazo.
Y Gibraltar es un ejemplo perfecto: hemos vuelto a regalar la llave de nuestra frontera sin conseguir una sola contrapartida real.
Y lo peor: vamos camino de lo mismo con Ceuta y Melilla. La misma fórmula de cesión sin exigencias, de pactos ambiguos con terceros países y de una diplomacia que actúa por inercia y no por principios. La desprotección de nuestras fronteras no es solo un error: es una irresponsabilidad histórica.
Miguel Ángel Arranz



