Felipe VI, mucho protocolo y poco Estado
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 4 oct
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Alejándonos del eterno debate de república sí o república no, hay una cuestión que en estos días debería incomodar a cualquiera que aún tenga dos dedos de frente: ¿qué pinta nuestro rey en España más allá de idolatrar a su hija, la futura reina?
Nos repiten hasta la saciedad que el monarca está limitado por la Constitución, que no tiene poder político, que su función es representativa. Bien. Pero la representación también habla por sí sola. Y últimamente lo que transmiten los gestos, las fotos y las compañías de Felipe VI es mucho más revelador que cualquier discurso vacío.
Porque no se trata de aparecer en las fotos de rigor junto al presidente del Gobierno, eso es parte del protocolo. Se trata de ver dónde se siente cómodo y dónde impostado, con quién sonríe y con quién apenas se esfuerza en disimular. La Corona presume de neutralidad, pero la neutralidad no se mide solo por las palabras, sino también por las actitudes.
Y lo cierto es que vemos a un rey cada vez más encajado en el papel de conservar la estirpe y garantizar la sucesión, no en el de un jefe de Estado que debería al menos levantar la voz, aunque fuese con prudencia, ante la deriva que atraviesa España. Porque opinar, advertir o señalar un rumbo equivocado no significa tomar partido político, significa asumir que su papel debería ir más allá de la foto oficial y del escaparate.
El problema es que Felipe VI parece cómodo en esa pasividad institucional que reduce la Corona a un simple decorado con apellido Borbón. Y ahí está el verdadero debate: no si monarquía o república, sino qué utilidad tiene un jefe de Estado que ni incomoda, ni señala, ni advierte, ni aporta soluciones.
En un país con la política en llamas, la economía cogida con pinzas y la sociedad cada vez más fracturada, tener un jefe de Estado reducido a figurante es un lujo que no nos podemos permitir. Y mientras tanto, lo único que se garantiza es la continuidad dinástica, como si en pleno siglo XXI lo importante fuese cuidar la estirpe en lugar de cuidar el Estado.
Miguel Ángel Arranz



