El silencio de Sánchez: cuando esconderse es la estrategia de un poder asediado
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 11 jun
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 12 jun

Pedro Sánchez lleva 41 días sin prensa y casi un año sin conceder entrevistas a medios españoles. La última fue en julio de 2024. Y si eso no fuera suficiente, acumula 15 meses sin someterse al control del Senado. Un récord escandaloso en cualquier democracia europea, que en España se camufla tras el ruido, la propaganda y las cortinas de humo.
Este silencio no es casual. Es calculado. Es el síntoma de un presidente que ya no gobierna para rendir cuentas, sino para blindarse. Y en ese mutismo arrogante caben demasiadas cosas que aún no han sido explicadas:
– El caos ferroviario que ha dejado a miles de ciudadanos atrapados entre retrasos, averías y una red colapsada.– El escándalo de su hermano, convertido en un tabú que ni él ni su entorno se atreven a afrontar.– Los mensajes comprometedores dirigidos a Ábalos, ese cadáver político que el PSOE prefirió expulsar antes que investigar.– La ponencia del Tribunal Constitucional sobre la amnistía, convertida en un despropósito jurídico al servicio del relato.– Y las maniobras intolerables de Leire Díez, asesora del Gobierno, presionando a investigadores que destapan la podredumbre dentro del PSOE.
Ante este panorama, Sánchez elige esconderse. No hay ruedas de prensa abiertas, no hay entrevistas incómodas, no hay control parlamentario. Solo discursos redactados, mensajes enlatados y un muro de opacidad construido con dinero público y complicidad mediática. Un presidente ausente en un país cada vez más huérfano de liderazgo.
Sánchez no comparece porque ya no puede defender lo indefendible. Porque hablar sería admitir. Y admitir sería hundirse. Por eso se parapeta en su Falcon, en sus monólogos, en sus actos sin preguntas. España se gobierna a golpe de decreto, de tuit, de pose institucional vacía mientras el poder judicial, los medios libres y la ciudadanía crítica son tratados como amenazas.
Pero ya saben… son los fascistas, la ultraderecha, los golpistas mediáticos, los que “le quieren hundir”. Bla, bla, bla. El mismo discurso de siempre para tapar lo que ya no se puede ocultar: un Gobierno agotado, acorralado por su propia corrupción y sostenido por la mentira permanente.
El silencio de Sánchez es una alerta democrática. No es prudencia, es cobardía. No es estrategia, es abuso. Y en una democracia de verdad, esconderse 15 meses del Senado y un año de los periodistas sería motivo de escándalo, de presión, y quizá, de dimisión.
Pero en la España de Sánchez, el poder no se somete al escrutinio. Lo esquiva.
Miguel Ángel Arranz



