El poder no sobreviviría sin sus altavoces: la complicidad vomitiva de los medios
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 16 jun
- 2 Min. de lectura

En cualquier democracia sana, los medios de comunicación ejercen de contrapeso, de fiscalizadores del poder, de voz incómoda para los gobiernos de turno. En España, sin embargo, los grandes medios no son el cuarto poder: son el primer escudo del régimen. Lo que estamos viviendo en nuestro país no sería posible sin su colaboración activa, sin su silencio cómplice, sin su manipulación sistemática de la verdad.
No hay corrupción que prospere sin una prensa que la disimule. No hay atropello democrático que resista si no hay un coro mediático que lo justifique. No hay mentira institucional que cale sin portadas, tertulias y editoriales que la revistan de legitimidad. La cloaca no se construye solo en despachos de partido o en ministerios: la cloaca se construye, sobre todo, en redacciones, en platós, en titulares que blanquean a quienes deberían ser juzgados por sus actos.
El espectáculo diario al que asistimos es nauseabundo. Portadas diseñadas para ocultar lo esencial. Tertulianos repitiendo argumentarios de partido como si fueran análisis independientes. Entrevistas pactadas, sin una sola pregunta incómoda. Opinadores profesionales que cambian de criterio al ritmo de las subvenciones. Columnistas de quiosco que no escriben al dictado de su conciencia, sino al de su nómina.
Todo lo que está pasando —el desmantelamiento del poder judicial, la persecución del disidente, la mentira como estrategia de gobierno, el uso partidista de las instituciones— sería inviable sin esta legión de propagandistas con carné de prensa. Son ellos quienes sostienen el decorado. Son ellos quienes fabrican el relato. Son ellos quienes anestesian a la ciudadanía con relatos prefabricados, con gestos teatrales, con el veneno del sentimentalismo populista.
Pero no nos engañemos: esta podredumbre informativa no es fruto del error, sino del interés. Muchos medios ya no viven de informar, sino de obedecer. Ya no sirven a los ciudadanos, sino a los poderosos. Y por eso, cuando un periodista se atreve a romper el guion, es perseguido, señalado, silenciado.
Vivimos en un país en el que la propaganda ha sustituido al periodismo. Y mientras eso siga ocurriendo, cualquier regeneración política será un espejismo. Porque el problema no es solo quién gobierna: es quién le tapa las vergüenzas.
Basta ya.
Que caigan las máscaras.
Y con ellas, los micrófonos que han servido más a la mentira que a la verdad.
Miguel Ángel Arranz



