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El odio silenciado: ser español en territorios nacionalistas

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 27 sept
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 28 sept


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El último informe del Observatorio del Racismo ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad indiscutible: en España existen focos evidentes de odio y xenofobia contra colectivos concretos —extranjeros, musulmanes, norteafricanos, gitanos, personas con discapacidad, minorías religiosas—. Reconocerlo es justo, combatirlo es necesario. Nadie puede negar que ese tipo de odio degrada nuestra sociedad y debe erradicarse.


Pero hay un odio del que nadie habla. Un odio subyacente, institucionalizado, que no aparece en ningún informe y que se lleva sufriendo desde hace décadas: el odio a lo español. Sí, el odio al propio español, al ciudadano que tiene como identidad natural la nación de la que forma parte. Y este odio tiene territorio, tiene rostro y tiene responsables políticos claros.


Ese odio se sufre en el País Vasco, en Cataluña, y cada vez con más fuerza en Galicia y en la Comunidad Valenciana. No siempre se manifiesta con insultos directos o violencia física —aunque también lo ha habido y lo hay—, sino con formas mucho más perversas: el desprecio, la humillación y, lo más grave, la marginación desde las propias instituciones. Se legisla contra el castellano, se legisla contra los símbolos de España, se legisla contra todo lo que huela a españolismo, como dicen con desprecio los nacionalistas. Eso también es odio.


No hablamos de algo anecdótico, sino de políticas públicas que arrinconan la lengua común, que convierten a los ciudadanos que se sienten orgullosos de ser españoles en ciudadanos de segunda. Y lo más alarmante es que este fenómeno no solo persiste, sino que ha cobrado más fuerza en los últimos años. El actual gobierno, por acción u omisión, ha dado alas a los nacionalismos para que alimenten este desprecio institucional.


Si estamos de acuerdo en que el odio al extranjero, al gitano, al musulmán o al discapacitado merece figurar en los informes oficiales y ser combatido sin descanso, ¿por qué no se reconoce también el odio al español? ¿Por qué ese vacío deliberado? El odio a España, a su idioma, a sus símbolos y a sus ciudadanos es tan corrosivo como cualquier otro. Silenciarlo es legitimar que siga creciendo.


Porque lo que está en juego no es una diferencia política ni una simple tensión territorial: lo que está en juego es el respeto a millones de españoles que, en partes de su propio país, viven bajo la sombra de un rechazo institucionalizado. Y eso, aunque moleste admitirlo, también es odio.


Miguel Ángel Arranz

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