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El doble rasero moral del socialismo de salón

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 16 jun
  • 2 Min. de lectura

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Una periodista que se proclama de izquierdas nos recuerda que “la izquierda tiene estándares morales superiores”. Así, sin rubor, sin ironía y sin una pizca de autocrítica. La imagen que acompaña su columna no podría ser más reveladora: rostro serio, tono solemne, y una afirmación que, en cualquier otra ideología, sería calificada como supremacista moral. Pero si lo dice alguien que se autoproclama socialista, entonces parece que “robar está bien”, siempre que sea para “redistribuir”.


¿De verdad debemos seguir tragando con ese discurso maniqueo de que si un socialista roba, lo hace por el bien común? ¿Que si se aprovecha de privilegios, prostitución incluida, es “diferente” porque piensa en tod@s? ¿En serio alguien puede justificar la corrupción o la inmoralidad solo porque se etiqueta de izquierdas?


Porque claro, todo se derrumba cuando aparecen los sobres, los contratos a dedo, los intermediarios “de confianza”, y sí, incluso las prostitutas del clan. Porque si uno se proclama socialista, feminista y defensor de la justicia social, pero termina siendo cliente habitual del negocio más machista del mundo, la hipocresía se vuelve no solo insultante, sino repugnante.


Este tipo de periodismo es lo que hace que muchos ciudadanos se alejen de los medios. Porque ya no se trata de informar, sino de justificar. Ya no se escribe desde la honestidad, sino desde la complicidad. El progresismo oficial ha dejado de ser una causa noble para convertirse en coartada de mediocres con cuentas opacas, ideales de escaparate y bolsillos llenos.


La izquierda que defiende la moral superior mientras mete la mano en la caja o elige cama en lugar de ideas no merece ni un segundo más de indulgencia. Lo justo no es robar “por una buena causa”, lo justo es no robar. Lo digno no es consumir prostitución siendo feminista, lo digno es ser coherente. Y lo periodístico no es maquillar esta decadencia, sino denunciarla.


Miguel Ángel Arranz

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