El Congreso como estercolero del régimen: ni oposición ni vergüenza
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 10 jul
- 2 Min. de lectura

El pleno del Congreso de ayer fue un espectáculo bochornoso que debería sonrojar a cualquier ciudadano con un mínimo de decencia democrática. En un hemiciclo convertido en teatro de la impostura, vimos a los socios del Gobierno —ERC, Bildu, Junts, PNV y compañía— más desesperados que el propio Sánchez por mantenerle en el poder. ¿Por qué? Porque saben que sin él, se acaba el chiringuito. Porque lo que les une no es un proyecto común, ni un país compartido, ni mucho menos la ética pública: lo que les une es el trinque, el reparto de privilegios, el chantaje institucional y la corrupción encubierta bajo la palabra “progresismo”.
Las palabras gruesas volaron de lado a lado, sí. Pero todo teatro. Porque tras cada intervención inflamatoria, esos mismos “socios críticos” seguirán votando a favor de un gobierno que huele cada día más a mafia institucionalizada. Son cómplices necesarios. Sin ellos, el sanchismo caería. Y por eso actúan: para que no caiga. Que nadie se engañe con sus aspavientos: estos son los guardianes del régimen, no sus detractores.
¿Y enfrente qué hay? Nada. El Partido Popular en su versión más cobarde y acomodada. Esperando el turno como quien aguarda el relevo de un puesto funcionarial. Sin intención alguna de derogar nada, ni la ley del solo sí es sí, ni los indultos, ni la colonización institucional, ni los pactos oscuros con separatistas. Su única propuesta es “esperar y que el tiempo nos dé la razón”. No hacen oposición: administran la espera.
Vox, por su parte, parece haber perdido el control del volumen. Tan empeñado en demostrar su rechazo al Gobierno, que a veces desdibujan su propio mensaje. El diapasón está tan subido que corren el riesgo de convertirse en caricatura de sí mismos. Lo que debería ser una oposición firme, argumentada y contundente, se convierte a ratos en un ruido que, en vez de denunciar con claridad la corrupción y el desgobierno, se diluye en la estridencia.
Ayer no hubo política, no hubo dignidad, no hubo soluciones. Solo hubo vergüenza. Y lo peor: nos la hicieron pagar a todos.
Miguel Ángel Arranz



