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El circo no cierra, solo cambian los payasos

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 5 nov
  • 1 Min. de lectura

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Ya no hay vergüenza, ni disimulo, ni dignidad. El panorama político español se ha convertido en un inmenso mercadillo donde los mismos que ayer pedían prisión para Puigdemont hoy sueñan con tomarse un café con él en Waterloo. ¿El motivo? El poder, ese bien tan escaso y tan adictivo. Porque en España ya no hay partidos de Estado: hay partidos del Estado, del suyo propio, el financiero, el de los enchufes, el de los sueldos públicos y el de los favores cruzados.



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El Partido Popular, el Partido Socialista y Vox son el mismo perro con distinto collar. Tres versiones del mismo oportunismo. Se insultan en público, pero se respetan en privado, porque todos viven de lo mismo: de la nómina pública, de los asesores, de los cargos, de las dietas y de la mentira institucionalizada. Ninguno defiende a España; todos defienden su supervivencia dentro del sistema.


Ahora resulta que Junts ya no es el demonio, sino un socio “aceptable” si sirve para tumbar a Sánchez. Hace un año, Puigdemont era un prófugo que debía rendir cuentas ante la Justicia. Hoy, si conviene, se le tiende la mano. Y mientras tanto, los ciudadanos asistimos a esta tragicomedia con la sensación de que nos toman por idiotas.


Este país está a bordo de un naufragio moral. Los que deberían mirar por España solo miran por su propio asiento. Los llamados “partidos de Estado” sí, claro, pero de su Estado: su estado financiero, su estado de colocación, su estado de corrupción. Y lo peor es que lo saben. Y les da igual.


Miguel Ángel Arranz

 
 
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