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Cuando el sindicalista se convierte en mascota del poder

  • Foto del escritor: Miguel Ángel Arranz Molins
    Miguel Ángel Arranz Molins
  • 8 oct
  • 3 Min. de lectura
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En España se ha consumado una traición silenciosa. Lo que antaño fueron organizaciones obreras nacidas para defender al trabajador se han convertido hoy en los engranajes más cómodos del poder político. CCOO y UGT ya no son sindicatos: son departamentos satélite del Gobierno. Su lealtad no está con los trabajadores que madrugan, sino con el Ejecutivo que les financia. Y por eso no hay huelgas generales contra Pedro Sánchez, ni las habrá mientras las transferencias públicas sigan fluyendo como hasta ahora.



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Desde 2020 hasta 2024, UGT ha recibido más de 202 millones de euros procedentes de fondos públicos, mientras Comisiones Obreras ha ingresado otros 179 millones, según datos publicados por La Razón. En total, cerca de 380 millones de euros en apenas cuatro años. A esa cifra se suman los 227 millones contabilizados por OKDiario como subvenciones estatales y autonómicas concedidas a ambas organizaciones.

Y el ritmo no cesa: solo en 2023, el propio Ministerio de Trabajo asignó 6,4 millones de euros a CCOO y 5,8 millones a UGT dentro de las ayudas a la “actividad sindical”, según Newtral.

Por si fuera poco, el Gobierno ya ha aprobado para 2025 una partida récord de 32 millones de euros para financiar sindicatos, casi el doble de lo destinado en años anteriores (El Confidencial).


Estas cifras no son bulos. Son datos oficiales, públicos, verificables. Y explican perfectamente por qué los sindicatos no alzan la voz contra el poder que los alimenta. No hay convicción, hay dependencia. No hay reivindicación, hay nómina.


El sindicalismo español ha dejado de ser el escudo del trabajador para convertirse en el paraguas protector del poder. Su lucha ya no es por mejores convenios o salarios dignos, sino por mantener sus estructuras internas, sus cargos, sus sueldos y su red clientelar. Quien entra hoy a una empresa ya no se pregunta quién es el delegado sindical; le da exactamente igual, porque sabe que no le representa.


Son la burguesía disfrazada de obrero. Van de pobres, gritan consignas de justicia social, levantan puños de cartón… pero viven como ricos. Son la caricatura de lo que dicen defender. Y lo saben. Por eso no muerden la mano que les da de comer.


Esa mano, claro está, tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez y el Partido Socialista. Han comprendido que comprar el silencio sindical es más eficaz que soportar una huelga general. Les han incorporado al sistema como socios de conveniencia, y a cambio obtienen paz social y titulares complacientes. Es un intercambio perfecto: el Gobierno compra calma y los sindicatos compran supervivencia.


El verdadero escándalo no es que CCOO y UGT no convoquen huelgas. El verdadero escándalo es que ya no pueden hacerlo, porque serían sus propios financiadores quienes cerrarían el grifo. Y sin ese dinero, desaparecería el entramado que sostiene sus sedes, sus liberados y sus directivos. Por eso el sindicalismo actual no lucha por los trabajadores: lucha por su propia continuidad.


Lo que está ocurriendo con los sindicatos en España es una vergüenza institucional. Han pasado de ser la voz del obrero a ser la correa del poder. Reivindican causas impostadas, fabrican enemigos imaginarios, pero nunca se enfrentan al Estado que los mantiene. Han dejado de representar a los que producen para representar a los que reparten.


Su silencio no es casualidad. Su silencio vale millones.

Y mientras tanto, el trabajador, el verdadero obrero, el que se levanta a las seis de la mañana, sigue solo. Porque los que dicen defenderlo hace tiempo que se vendieron al mejor postor.


Miguel Ángel Arranz

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