CON LAS COSAS DE COMER NO SE JUEGA
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 16 oct
- 3 Min. de lectura

Podemos jugar a ser capitanes de barco, a ser activistas de película, a ser héroes de pancarta o navegantes del postureo. Podemos jugar a irnos de excursión ideológica con destino “solidaridad selectiva”, con cámaras esperándonos a la vuelta y aplausos garantizados en el aeropuerto. Podemos jugar a eso, sí. Pero con el dinero no se juega.
Porque mientras estos cuatro dirigentes políticos se daban su baño de pureza moral, de redención personal y de propaganda ideológica, seguían cobrando del bolsillo de todos. Ni uno solo de ellos renunció a los 12.569 euros de sueldo público que perciben cada mes. Doce mil quinientos sesenta y nueve euros por “trabajar” en el activismo de lujo, sin dar palo al agua, sin asistir a su puesto, sin ejercer la responsabilidad por la que cobran.
Y claro, luego vienen las fotos: sonrientes, aplaudiendo, recién “liberados” por Israel, en lo que más parecía la llegada triunfal de unos héroes de opereta que el regreso de unos servidores públicos. Pero ¿de qué se ríen? ¿De quién se ríen? Porque a los que nos pagan el sueldo —a nosotros, los que madrugamos y los que mantenemos con nuestros impuestos ese circo— desde luego no nos hace gracia.
Esto no va de ideología, ni de bandos, ni de solidaridad. Esto va de decencia. De sentido común. De entender que si tú eres cargo público, si cobras del dinero de todos, no puedes irte de vacaciones políticas disfrazadas de misión humanitaria y seguir cobrando como si nada.
Si de verdad creen en su causa, que donen su sueldo. Que lo envíen íntegro a Gaza, que tanto dicen defender. Que demuestren que la coherencia no se mide en eslóganes sino en hechos. Pero claro, eso no lo hacen. La bandera solidaria es gratuita, pero la nómina ni tocarla. Esa que la pague el contribuyente.
Y mientras tanto, siguen dando lecciones de moral. Siguen señalando desde su pedestal al resto del país, acusando de insensibilidad a quien no aplaude su aventura propagandística. Siguen presumiendo de ética, pero viven del dinero ajeno con la misma tranquilidad con la que otros se levantan cada día para ganárselo honradamente.
Esta es la izquierda del doble rasero, la izquierda de la subvención perpetua, la izquierda que juega a Robin Hood… pero solo si el botín no es su nómina. La izquierda de los viajes pagados, de los sueldos garantizados y de la vergüenza ajena.
Porque aquí nadie cuestiona que alguien quiera ayudar, que alguien tenga ideales o quiera defender una causa. Lo que se cuestiona es que lo haga a costa del dinero público, sin dar un solo día de trabajo y sin el más mínimo pudor. Lo que se cuestiona es la hipocresía, la incoherencia y la falta total de respeto hacia los que sí cumplen, los que sí curran y los que sí pagan.
Con las cosas de comer no se juega. Y el sueldo público, señores, es una de ellas. No se juega con el dinero de los demás. No se juega a ser héroe mientras te pagan por estar ausente. No se juega con la confianza de un país que ya está harto de ver cómo una parte de la clase política vive en una burbuja moral donde todo se justifica si hay una pancarta de por medio.
A ver si lo entendemos de una vez: la solidaridad no se mide por las fotos en el aeropuerto, se mide por la coherencia en el bolsillo. Y ahí, como siempre, se les cae la careta.
Lo de estos señores no es activismo: es puro teatro subvencionado.
Miguel Ángel Arranz



