Ahora los de enfrente
- Miguel Ángel Arranz Molins
- 19 nov
- 2 Min. de lectura

Otra vez. Otra maldita vez.
Ahora le toca el turno al presidente y al vicepresidente de la Diputación de Almería, del Partido Popular. Antes fueron otros. Y antes de esos, otros más. Y mañana, cuando nos levantemos, habrá otro caso, otra lista de detenidos, otra investigación de la UCO, y otra rueda de prensa llena de excusas, eufemismos y sonrisas incómodas.
Y lo peor no es la corrupción. Lo peor es que ya no sorprende.
España se ha convertido en un país anestesiado. Un país que abre titulares como este con la misma reacción que cuando ve el tiempo: “Mañana llueve. Otro corrupto. Bueno, ¿qué hay para cenar?”
Aquí no estamos ante casos aislados.
No estamos ante manzanas podridas.
No estamos ante errores humanos.
No. Aquí estamos ante un sistema diseñado para robar, saquear y beneficiarse del dinero público.
Y da igual el partido.
Da igual el color. Da igual la ideología.
Las siglas son intercambiables: lo que permanece intacto es la estructura.
Son élites extractivas, no representantes públicos. España, para muchos políticos, no es una nación: es un cajero automático con código PIN conocido.
Hoy el PP.
Ayer el PSOE.
Antes los nacionalistas.
Antes Podemos.
Antes el partido que tocara.
Y ahora veremos la función de siempre, la más repetida, la más miserable:
“Los corruptos son los tuyos.”
“No, los tuyos.”
“Nosotros solo tenemos un caso.”
“Vosotros tenéis diez.”
Mientras tanto, los ciudadanos ya estamos hasta los huevos.
Hasta los huevos de ver cómo se insulta a nuestra inteligencia. Hasta los huevos de ver cómo los mismos que hablan de ética, democracia y compromiso público acaban detenidos, imputados o desapareciendo misteriosamente del mapa cuando huele mal.
Hasta los huevos de que la política se haya convertido en la mayor agencia de empleo para incompetentes ambiciosos con moral de oferta del bazar chino.
Este país no avanza porque nadie en el poder quiere que avance. Porque en España el progreso no amenaza a la democracia: amenaza al negocio.
Y mientras ellos juegan a repartirse el botín y a tirarse mierda mutuamente para entretener a los suyos, el ciudadano medio mira el recibo de la luz, el sueldo congelado, el alquiler imposible y el futuro cada vez más estrecho.
Sí. España está harta. No de las ideologías. No de las derechas ni de las izquierdas.
España está harta de la mafia institucionalizada que se ha camuflado con la palabra “política”.
Y si algún día hay cambio de verdad, no será porque ellos quieran. Será porque la paciencia de la gente (la única que todavía queda) se habrá terminado.
Y ese día no habrá colores. Solo responsables.



